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Un pueblo dispuesto a defenderla
La montaña que nos da la vida - Parte 1
Nuestras vidas transcurren en un hermoso valle limitado por dos grandes montañas, el Famatina del “azul eterno” y el Velasco “del violeta incierto”. Y esa majestuosa montaña de la leyenda de “El Venado de Oro” del Poeta Ocampo, el Famatina que parece dormido, es, sin embargo y gracias a Dios, la Montaña que nos da la Vida. Con sus 6200 metros de altura y sus nieves eternas, su impactante belleza ilumina cada uno de nuestros días, ora cubierto de nieves, otrora oculto entre densos y obscuros nubarrones pero siempre radiante en nuestros corazones.
Los Incas dejaron sus huellas en las Tamberías que se conservan hacia el poniente de la ciudad y se llevaron el oro de nuestro Famatina. Otro tanto hicieron los ingleses a fines del Siglo XIX y principios del XX. Ellos dejaron un cable carril que une la Estación del Ferrocarril (hoy abandonada) a 1150 metros sobre el nivel del mar (msnm) con la boca de la mina a 4200 msnm y con una extensión de 35 km recorriendo las altas cumbres y precipicios.

Calificado como “un monstruo muerto”, es una maravilla tecnológica que podría usarse con fines turísticos. Abandonada la minería, la principal actividad económica desde hace más de 100 años es la agrícola-ganadera con producción de uvas, nueces, aceitunas, frutos y hortalizas diversas y sus industrias derivadas, especialmente la vitivinícola, la del cuero y la aceitera. Los jesuitas dejaron cepas de vides que el tiempo, el clima y la tierra fructificaron en racimos que dieron lugar a un vino que calificó como el mejor torrontés del mundo en Bordeaux, Francia, en 1987. Nuestro valle clamaba por más agua del Famatina. El agricultor alemán Buff, que tenías fincas en Chilecito y Villa Unión, interesó al gobierno de su país que envió técnicos que colorearon las nieves del Famatina y al extraer el agua en distintos puntos del valle encontraron los componentes del colorante utilizado. Ello demostró que vivimos sobre un mar de agua que es alimentado eternamente por las nieves del la “Montaña que nos da la Vida”. Así es que a partir de 1966 se inició un plan de colonización agrícola: se desmontaron y nivelaron los terrenos, se hicieron perforaciones para extraer el agua que desde las nieves del Famatina alimenta las napas subterráneas, se instaló la bomba, se llevó la energía eléctrica, se dividió en parcelas con una vivienda y se entregaron a quienes deseasen trabajarlas.

El color amarillo pálido de la vegetación xerófila - jarillas, cardones, chañares, tusca, pichana, retama y uno que otro algarrobo que sobrevivió a la deforestación mortal hecha por los ingleses para fabricar durmientes para las vías de los ferrocarriles - se transformó en un verde intenso similar al de la pampa húmeda. Hoy en nuestro valle se diversifica la producción, hay notables emprendimientos y se radican algunas industrias. Nuestro futuro se vislumbra promisorio, con creación de genuinas fuentes de trabajo y progreso sostenido.

Desgraciadamente, por estos días “LA MONTAÑA QUE NOS DA LA VIDA” está amenazada. Mas un pueblo de pié, está dispuesto a dar la vida para defenderla.



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