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La policía no dio mayores detalles sobre la investigación
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PERPETUA
Tras un año y 71 días del asesinato de Jorge Ormeño, su autor intelectual y material, el ex juez Walter Sinesio Moreno, fue declarado culpable y condenado con el correctivo más severo que prevé el Código Penal Argentino, junto a sus cómplices. Fue un juicio ágil como pocas veces se ha visto, de parte de un Tribunal que al debatir en Villa Unión, lugar del asesinato, quiso dar un mensaje a la ciudadanía en el sentido de que esta se merecía una buena administración de justicia, luego de tantos marasmos legales que la convirtieron en el centro de atención provincial y nacional. He aquí un trabajo en primera persona, sobre algunos visos de la investigación, cuyo colofón fue la sentencia contra la banda que asolaba el oeste riojano.






Tirado en Zanja de la Viuda, paraje cercano a Villa Unión, muerto y atado en su rodado, el nueve de abril de 2008 fue encontrado el comerciante Jorge Alberto Ormeño. De este modo, La Rioja despertó con un nuevo crimen de los tantos que jalonaron la reciente historia policial de la provincia.
A escasas dos horas de conocer la noticia y cuando el ahora sargento Rolando Mario García me otorgó la punta del ovillo del fatídico tema, sólo confirmó lo que quien esto escribe sospechaba de larga data: que el ex juez Walter Sinesio Moreno, sentenciado a purgar de por vida su crimen, tenía mucho que ver en las fechorías que se cometían desde hacía varios años nada más ni nada menos que en un pueblo de gente pacífica y tranquila, que ante esta ola delincuencial, dejó de dormir con sus puertas y ventanas abiertas.
La aprehensión sobre Moreno se fundaba en mi duda sobre su probidad procesal en el caso de la desaparecida turista suiza, Anagreth Würgler y mi íntimo convencimiento de que el único condenado por ese crimen, Alcides Cuevas, era el pato de la boda de las sinvergüenzuras del juez y sus secuaces, quienes plantaron pruebas a diestra y siniestra para inculparlo.
Sugestivamente, cuando Walter Sinesio Moreno fue detenido, el índice criminal en el departamento Coronel Felipe Varela descendió notablemente. Pero en realidad es otra cosa a lo que quiero referirme en este escrito.
El inicio
Ese miércoles nueve de abril, un desencajado García cargó sobre mis hombros tamaño peso moral cuya investigación tenía que iniciar, a raíz de los acontecimientos que preveía, como realmente sucedió a los pocos días del crimen.
La maquinaria adrenalínica se puso en marcha, en el convencimiento de que este crimen confirmaba la intuición periodística sobre otros cometidos en el oeste riojano, cuya mira se había posado en el juez Walter Sinesio Moreno.
Los fueros de Moreno lo hacían inmune; amo y señor de las fronteras del departamento Coronel Felipe Varela.
Un juez de la república al frente de una banda de bandoleros que asolaba en esos lugares donde tenía jurisdicción desde que asumió, con apenas veinte y pico de años, en los cuales no acumuló dotes intelectuales y ni siquiera su historia estudiantil lo mostraba con un promedio brillante en la facultad, en sintonía con lo que saben quienes han cursado con él.
Apenas si mamaba conocimientos del Código Penal, de cuyas figuras era el administrador. A propósito: cuando se supo acorralado y que su detención era inminente, corrió a sus colegas -mecenas de él algunos de ellos- de la ciudad capital para que le hicieran un escrito, último artilugio al que recurrió para intentar treparse nuevamente al barco del Juzgado de Instrucción del que se sabía prácticamente echado.
Sin luces, torpe, con un título logrado a duras penas y con un promedio chato, Walter Sinesio Moreno asumió después de que el actual juez de Cámara, Gamal Andel Chamía, dejara el Juzgado de Instrucción de Villa Unión, donde Sinesio se desempeñaba como secretario.
Su perfil cuajaba a la perfección para ser juez: joven, manipulado por un sector político, y por sobre todo, obediente. Alguna vez devolvería esos favores. No se debe creer que la película El Padrino surgió sólo de la mente del autor del libro, Mario Puzzo; este vivió entre la mafia para poder recrearla en el famoso filme de Francis Ford Cóppola.
¿Quién podría escucharme?
Por una experiencia empírica, supe que debía de inmediato comunicar la especie a algún sector del estado: policía, jueces o fiscales.
Caminé, pensé aceleradamente, consulté con mis íntimos, en tanto Moreno desarrollaba a troche y moche su amañada investigación: el tema era, como estaba prefijado, detener a cualquier ciudadano, plantarle pruebas falsas e inculparlo del crimen. Era impune, tras diez años de ejercer dos acciones totalmente contrapuestas entre sí: la magistratura y la delincuencia.
Sin más me dirigí al Ministerio Público Fiscal para hablar con su titular, Claudio Ana, quien se negó rotundamente a hablar a solas con este individuo de poca monta, por lo que compartí lo que sabía con Ana y el que le sigue en jerarquía, Hugo Montivero.
¿Por qué a la Fiscalía y no a jueces o a la policía?
Fui denostado por colegas y alguna defensa de los acusados, porque me dirigí a Fiscalía y no a la policía o a algún juez, como si los fiscales no fueran parte de la justicia.
Claro que esa infame posición sólo eran réplicas de viejas luchas entre poderosos de las que no hago parte; apenas si fui un pequeño periodista que intentaba colaborar con la justicia y no permitir, hasta donde tuviese fuerzas, que prosperase el cruel, amañado y ya proclamado plan de un juez que entre conciliábulos tramó la detención de tres inocentes.
En realidad, desde hacía más de dos años que me había concentrado en el trabajo del Ministerio Público Fiscal, organismo apático, poco conocido por el gran público, y venido tan a menos como toda la justicia, último baluarte de la ciudadanía para que le “den a cada uno lo suyo”.
Sin embargo desde hacía dos años (ahora tres y pico) que observaba el funcionamiento de Fiscalía y barruntaba que algo estaba cambiando. La ciudadanía, descreída por completo en la justicia, con ese fino olfato de las masas que detectan los nervios sensibles de la estructura republicana, descubrió que en ese reducto, mal ventilado y oscuro sede del Ministerio Público Fiscal, se intentaba cambiar la marcha de la justicia y hacerla más ágil, dinámica y por sobre todo, justa.
Observé -con este viejo oficio del ver- que las denuncias eran interpuestas en Fiscalía y menos en la policía y mucho menos en los Juzgados de Instrucción, de cuyos titulares se hablaba bastante mal, tanto de su praxis como de su vida privada. Y esto último, a porfía del artículo 19 de la Constitución Nacional que habla de la intimidad de las personas, cuando se trata de jueces sospechados de encubrir amantes delincuentes y de ponerlos en libertad cada vez que delinquían, asqueaba a la ciudadanía que sufría las consecuencias de la mala administración de justicia.
Como sea, me dirigí al Ministerio Público Fiscal en la creencia -acertadísima- de que iban a escucharme y no a dirigirse al propio juez sospechado, Walter Sinesio Moreno, como podría haberlo hecho la policía y casi seguro algún juez, si por acaso se me hubiese ocurrido traspasarle el detalle. Y allí, si, esta historia sería contada de otra manera.
Convencer a García
La primer tarea, nada fácil, fue convencer a García de varias cosas: la primera de ellas que me cuente al dedillo todo lo que sabía, detalles, fecha, hora, conversaciones, etc.; lo otro, que se lo diga todo al Fiscal General Claudio Ana y tercero, coaccionarlo que de una u otra manera se acerque a Moreno y lo grabe.
García sabía que me había comprometido moralmente, y que no iba a parar hasta dilucidar la verdad. Mientras pasaban las horas. el tiempo jugaba a favor del juez Moreno, quien estaba inmerso en su “investigación”, que lo llevó a detener a los tres inocentes Casas, Bernardo y Díaz.
García, compelido por mí, se puso al habla con Moreno y, como estaba pautado entre ellos, éste le dijo que le pediría al jefe de Policía, Luis Angulo, para que lo “ayudase” en la investigación, tal como ocurrió. Angulo lo envío a García, quien fue a parar a la propia casa del juez, donde durmió, amparado por su pistola reglamentaria y por un grabador que yo se lo había colocado entre sus pertenencias, y con el cual pude saber íntimamente que se trataba de un asesino.
Cuando García regresó de Villa Unión, quien escribe tenía suficientes elementos para enriquecer a los fiscales:
1º Que Moreno sabía que naturalmente, la causa recaía en él por una cuestión de jurisdicción, y por lo tanto iba a “acomodar” a su manera la investigación.
2º Que este conocimiento le facilitaba el plan que había elaborado, genial aparentemente, pero no tuvo en cuenta el cabo suelto decisivo para la dilucidación del crimen: García.
3º Que Moreno ya tenía a algunos incautos inocentes a los que iba a detener y acreditarles el crimen, así, graciosamente.
4º Que iba a plantar pruebas con tal de que los inocentes pagaran culpas ajenas.
5º Que iba a esconder a los asesinos en su casa ¿Quién iba a entrar a la vivienda de un juez de la república?
6º Que Moreno me había mentido cuando hablé vía celular con él, ya que quien esto escribe en cuestión de horas, sabía que era amigo íntimo, cuasi familiar, de Jorge Alberto Ormeño, en tanto que el por entonces juez me lo negaba (de allí que escribí: “Mi conciencia ya lo condenó”, mucho antes de la sentencia.
7º Que los números de celulares que había obtenido podrían dar sus frutos como así algunos nombres, apodos y pistas que llevaron por ejemplo, a la detención de Mario Isidro Barrios, otro de los cómplices del juez.
Las pistas que se originaron a partir de la primera investigación
Algo turbado por los acontecimientos, logré hacerme escuchar por algunos jerarcas de la policía provincial, la que apenas 48 horas después de haberse encontrado el cadáver había emitido un comunicado en el que aseguraba que el caso prácticamente estaba resuelto.
Contrarrestando esta especie, editorialicé en contrario, y esta férrea posición dio como resultado que algunos jefes me contactaran para que les explique mi tesis. Quedaron satisfechos y a partir de allí, iniciaron su propia investigación, la que iba a llegar seguramente a aunar más sospechas, pero, como dije, el tiempo corría presuroso, pues el entonces magistrado podría atrincherarse en su investigación “acomodada”.
La otra investigación, ya inoculada la sospecha a raíz de mis escritos, y por el aporte brindado por la propia familia del occiso, particularmente viuda y sobrinos, la inició el abogado querellante José Nicolás Azcurra.
E infaltable, Fiscalía puso toda su atención en la conducta del juez, quien se hacía de investigar, pero a su vez estaba siendo investigado.
Cuatro vertientes que se pusieron en marcha a raíz de mi investigación, que llevaba implícita cierta desesperación de que prosperase la de Walter Sinesio Moreno y tres personas inocentes purgaran toda su vida con el crimen del empresario villenense.
Comencé a presionar y a aportar detalles con el portal digital que dirijo, con el objeto de que la atención se centre en el juez, y por suerte creyeron en mis escritos, y si no lo hicieron, jugaron con esta baraja, que a la postre resultó ser el as ganador.
En resumen, a apenas doce días del asesinato, Walter Sinesio Moreno fue capturado en una habitación de un hotel céntrico de la ciudad de La Rioja, en medio de un dispositivo policial espectacular que él mismo se encargó de generar.
Previamente, la Cámara de Diputados lo había suspendido, como también lo había hecho el Superior Tribunal de Justicia.
El trabajo de los fiscales
La verdad que la investigación de este periodista nunca habría prosperado, ni mucho menos llevar a la cárcel a Moreno, sin la magistral actuación de la Fiscalía General como erróneamente denominamos al Ministerio Público Fiscal.
A la hora de tener la primicia del crimen y sus detalles, me senté con Ana y Montivero, como ya dije, y aunque intentaban disimularlo, no podían ocultar tamaña sorpresa: un juez de la república había asesinado cruelmente a su íntimo amigo: Jorge Alberto Ormeño, con saña y alevosía y una ferocidad sin límites.
Claudio Ana y Hugo Montivero. Es justo que reconozcamos de qué modo han trabajado en esta causa. Los argentinos y particularmente los riojanos, no somos afectos a demostrar hidalguía cuando alguien se lo merece en cualquiera de los amplios rubros que abraza el hombre y menos si sus resultados son exitosos.
(Recuerdo que cuando el Premio Nobel César Milstein logró el galardón internacional, trabajaba en una covacha de dos por dos, donde genialmente realizaba sus investigaciones científicas, con un sueldo miserable. Así fue, porque esta maravillosa nueva raza de la que hacemos parte y que nació en este país (crisol de razas que le llaman) en una de sus peores facetas es incapaz de reconocerle al prójimo cualquier logro en su vida personal (César Milstein murió en Inglaterra, donde fue a trabajar en la celebérrima Universidad de Cambridge)).
Epílogo
Por primera vez en muchos años existió una hermosa conjunción: un ciudadano periodista comprometido hasta los tuétanos, la justicia, la policía y el poder político, obrando en conjunto para esclarecer un hecho inédito y jamás visto en La Rioja, ni en el país.
La corrupción de Moreno llegaba a límites espantosos. Había fundado una verdadera banda que asolaba el oeste riojano, total él era, nunca mejor dicho, juez y parte. Juez para investigar “los delitos que él mismo ocasionaba”.
Es sugestivo que después de la detención del juez, se hayan terminado los grandes delitos en Villa Unión. En algún momento daremos a conocer los índices que tenemos en nuestras manos.
Fue un año duro, pues trabajé con mi pobre corazón que tiene dos by pass, más de lo que este escrito contiene y que por muchas razones, ya es inútil narrar, aunque tal vez las publique en el libro que sobre el tema esbocé y que tiene cerca de 200 páginas.
Agradecimiento
Y en esta, tal vez mi última intervención en lo que se llamó el caso Ormeño, no puedo dejar de agradecer a mi familia; a todo el plantel de EL DIARIO DE LA RIOJA, y a otras personalidades que de una u otra manera me hicieron sentir que mi perenne soledad sólo es la subjetividad del poeta, pero que jamás me dejaron en el desierto de la nada.
Todo para los primeros: Mi hijo Hasan y extensión de mí mismo y su esposa Hadia; mis nietos Ibrahim y Sharifa; y Zainab Ozamis de Diab, mi esposa, quienes anidan en mi corazón.
Mis discípulos pequeños y sobrinos de mi alma: Isa, Telyi, keysi y Shamsi, y sus padres Kuki e Iussef Sale y a la abuela Amelia, quienes estaban tan pendientes del tema en cuestión.
Al staff del portal: María Bastasini, Eduardo Chavarría por sus notables escritos; silenciosa solidaridad con quien esto escribe y su acompañamiento permanente, Henry Vega Hertel, Pablo Nievas, Graciela Ruiz Díaz, Marcela Tello, y a los técnicos Juancito Nievas, Sebastián Bonetto, Martín Lobato.
Una mención especial por el cariño puesto en su meticuloso trabajo de desgrabación que le llevó días y días, y que servirá para enriquecer el libro sobre el terrible episodio: Roxana Peñaloza.
A mi gran amigo Luis Robledo, cuyo asesoramiento es infaltable en los momentos cúlmines; y a José Eduardo Mohamad, su intervención inicial fue vital para prender la llama de la duda sobre el ex juez Moreno.
A la naciente y prometedora abogada Magdalena Azcurra Cattáneo; a sus padres doctores José Nicolás Azcurra y su esposa Ivanna Cattáneo, y la confianza que demostraron en la tesis que el portal daba cuenta.
Al sargento Rolando Mario García por la exacerbada confianza que depositó en este ahora menos ignoto periodista.
Al excelente desempeño al titular de la Policía Provincial, Luis Angulo y su tropa.
Agradezco al equipo periodístico de Diario Chilecito, por la pasión que le ponen a su trabajo, y particularmente la atención, solidaridad y comprensión que demostraron con mi persona en todo el proceso.
A cada uno de los colegas que me entrevistaron y en los momentos difíciles no hesitaron en allegarse personalmente para brindarme su protección.
Agradezco al periodista Enrique Vilanova del diario Nueva Rioja, quien se equivocó -obviamente- al decir que quien esto escribe iba a ser detenido (por la investigación y el aporte que había hecho a la justicia). Quiero que sepa que no anido rencor alguno en mi corazón y que lo invito amablemente a dialogar conmigo. Renuncio a iniciarle alguna querella. De alguna manera, le puso su fuego a este crimen inédito por las formas y por el calibre de su principal autor y quizás estaba convencido de sus escritos.
Agradezco las acerbas críticas del ex juez Miguel Angel Morales, cuya intervención contra mi persona no logró más que acrecentar mi nombre entre los colegas. Toda palabra injusta de la que fui víctima, únicamente reforzó cada una de las palabras que escribí sobre el caso Ormeño y que el tiempo se encargó de darle el justo valor.
De alguna manera, agradezco al legendario personaje denominado “El Indigno”, porque su intervención tangencial en este tema, me hizo recordar que Dios nos dijo que el mal existe y que es un ejemplo para esforzarnos en el camino recto.
Hubiese querido agradecer el trabajo de los fiscales, pero me abstengo de ello en virtud de que no hay nada que agradecer a quienes como funcionarios, deben actuar de acuerdo con el imperio que la Constitución les ordena.
En fin, sé que hay decenas de nombres más.
Cada uno le ha puesto su pasión, ese fuego generador, tal como ofrecí mi vida a mis convicciones.
A todos, gracias.
